DEA VULNERATA UT SANGUINIS PAPISA HOMINIS MENTE REGNABIT (S. MALAQUÍAS)

lunes, 17 de diciembre de 2007

...se atreven a asomar su nariz y me escrutan, que centellean un segundo en esta realidad y luego explotan como bombas de fuego en universos que no existen, de rasguñadoras uñas de luna , de muslos estranguladores de débiles cuellos de hombres que mueren ¡imbéciles! con una sonrisa en la boca. Un suceso incréble, digno de contar, como pocos he tenido a lo largo de mis dos vidas. Un perro al que una noche sin luna maté en un espectáculo de purificación suprema, al que le quité un ojo, tal vez los dos, no lo recuerdo bien, luego rebañé la cuenca y me limpié el cuchillo, mi amante siempre fiel, por todo mi cuerpo y sin cortarme un ápice, y sobre todo un perro al fin me proporcionó una pequeña satisfacción, porque iluminó mejor mi espejo para maquillarme bien, ¿cómo si no iba a hacerme bien el eyeliner?.


El amanecer se acercaba y la luna, salpicada de las últimas sombras turbias que había abandonado la tormenta a su suerte, me hizo un guiño mostrenco; el brillo de mi satisfacción la rindió y fue un poco menos lívida en el cielo; ¿y vienes ahora lúbrica y pura a lamerme las heridas, a restañar la sangre de mis animales, como si yo no supiera que siempre has estado ahí, escondida, observando mi carnaval sangriento?. Cuando ya estoy saciada del dolor ajeno, el trabajo concluido, durmiéndome de placer, te filtras como un lienzo pálido por mi piel, buscando un poco de sangre fresca, rastreando la rabía que hace tiempo que desapareció; cuando estoy aburrida de pelear y de matar y el dolor se ha ido y el placer también, y sólo me queda una turbia paz abúlica que no es paz, ni es nada, que sólo me arrastra a dormir y dormir hasta que me levanto lo suficientemente despejada para planear otra diversión macabra, nada que vampirice tu luz blanca, que te encandile tanto como para mirar y mirar sin tregua como es tu costumbre de cómplice, que se introduzca en tus cráteres fantasmales y arranque de lo más profundo sombras simiescas que sigan el baile de mis puñaladas, te plantas en mi ventana redonda, perfecta, espantada, con los ojos y la boca abiertos. Me vendiste por muy poco y ahora aprovechas los despojos y te alimentas tú de mí. ¿Sí?, ¿vienes ahora...?, ¡ húmeda de lluvia, baña mi cuerpo todavía dueño del calor ajeno con tu blanca luz fría.


sábado, 22 de septiembre de 2007

a pierna izquierda y busqué a tientas el pie del espejo roto. Rastreé la alfombra, llegué a sus límites, estiré más la pierna, el suelo estaba helado, abrí un poco más la pierna, di con la pata del armario, la rodeé con la punta de los dedos, retrocedí, apoyé por completo la planta del pie, el talón resbalaba sobre la pringue de la madera, subí más la rodilla, estuve unos minutos con la rodilla doblada calentándome la planta, volví a estirar la pierna abriéndola un poco más, me corté con un cristal, me alejé de esa zona hacia la izquierda, tropecé con la pared, volví hacia la derecha, dejé la búsqueda de la pierna derecha por imposible, flexioné ligeramente la pierna izquierda, el talón tropezó con algo. Era blando, redondo y gelatinoso, ¡ah, ya caigo, el ojo de Pavlov!. Levanté el pie y lo metí bajo el puente. Parecía unan marioneta haciendo un guiño. Lo aplasté, el tejido era elástico, soportaba bien la presión y me relajaba. Después lo empujé rodando hacia delante, lo enganché por el nervio ayudándome del pulgar, puse los brazos debajo de la cabeza a modo de almohada e hice que me mirara. Lo sacudí con genio, ¡qué gracia!, hacia los lados ¡dingili-din¡, una volterelta, ¡gi-gigí!; ¡dingilin-din, gi-gigí..., hacia delante y hacia atrás... cucú, cucú!, dingili-din gigí.. cucú¡.. ja, ja, ja....
Creo que le daré alguna utilidad antes de que comience a apestar, le inyectaré líquido de rotulador o alguna solución fluorescente y lo colgaré de la lámpara del cuarto de bañó. Así recordaré que una vez tuve un perro que se llamaba Pavlov, al que maté porque me aburría, un crimen fantástico, algo fuera de lo normal, que sólo podía ser obra mía y si me propongo un análisis más minucioso de este acto, con visos de artista incluso, porque al fin y al cabo necesito mantener viva mi llama, pues, ¿quién soy yo?, ¿quién soy yo?, repetía en voz baja incesantemente, como si hablara con el ojo mientras no podía para de zarandearlo atenazada por una locura perversa. La respuesta llegó a mi mente cuando el frío paralizaba a todos mis animales que abandonando lentamente su fluidez observaban fijamente mi loco juego:¡yo soy la actriz más rutilantemente blanca de la pantalla en blanco y negro, de genio más perturbadoramente avasallador, de virtudes impenetrables tras grises ojos de armiño, de vivos defectos paroxísticosm incontrolables cuando miradas ajenas .....

martes, 3 de julio de 2007

Al borde del agotamiento suspiraba profundamente: ¡más luz de luna fría para que mis animales vivan un poco más ¡ y me bebía entera su luz por la boca, por los ojos, apurando cada sorbo con más avidez que el anterior, respirando el último soplo blanco que aquella noche dejaba suspendido en la humedad del aire: pero toda tú, húmeda de lluvia, no eras suficiente para saciar mi sed. El frío me hacía tiritar y la sangre bailaba rítmicamente en los recovecos de mi cuerpo, entre los finos senderos de vello rubio, los animales se contorsionaban y los dibujos más fluidos se derramaban como agua por mis caderas. El el ojo de Pavlov se estaba manchando de polvo y me desagradaba tocarlo , entonces me sorpendió un sol, dulcemente dorado y plácido, extenuadamente blando por la tormenta de la noche anterior, que aparecía en plenitud roja, detrás de las murallas de Ninive. La luna, una moneda polvorienta hecha de esterilla y barro, se impregnó de sol amarillo y naranja de parte a parte. Durante unos minutos convivió con el sol en el mismo espectáculo de luz para luego desaparecer; la negra sangre marchita derramada por mi cuerpo contrastaba con la blancura de mi piel bajo la primera luz del día y el sol doró a los animales de azabache rojo disecado.



Una sirena ululaba a lo lejos, olisqueaba la calle, subía reptando y llegaba a los alerones de los edificios mientras las luces de los faros hociqueaban el asfalto y rebotaban contra la niebla de las farolas que empezaban a apagarse. En el mundo no había más que un ñi insistente agonizando contra los cristales, aplastado contra los muros de los edificios, coleando ¡zas¡, ¡zas¡, contra los edificios, como la cola cortada de una lagartija ...



El demonio burlón, rojo y enano estaba empezando a aburrirse. Había cogido una cucharilla de café y se entretenía golpeando la campana de porcelana que protegía mi cabeza. Sonaba un goinggg.. amortiguado como el zumbido intermitente de una mosca atontada por un manotazo. Sin embargo a pesar de los esfuerzos del demonio burlón, rojo y enano yo no quería abandonar esta alucinación, me aferraba a ella como cuando de madrugada los sueños me clavaban y desenclavaban a la cama. La delicada porcelana aislaba mi mente de la realidad, no es que no lo agradeciese pero lo mejor hubiera sido romperla yo misma y desempolvar de una vez mi vicio de asesina



Un coche de bomberos pasó a toda velocidad calle abajo, dejando tras de sí un traqueteo chirriante y metálico que arañaba los dientes por dentro, muy cerca del nervio, despegaba los cristales de la masilla y los hace trepidar en la atmósfera rancia de la oficina de correos. El suelo subía y subía bajo nuestros pies y todos mordíamos el mismo cuchillo de ruido que dividía el sopor en dos.







jueves, 21 de junio de 2007

Y me limpiaba la sangre del cuchillo en los muslos. Era tan densa y negra que se quedó pegada a la piel como brea. Los goterones parecían sanguijuelas muertas en salud con el estómago lleno, sin embargo mi calor las había secado y estaban a punto de desprenderse del fino vello rubio. Sin duda acababa de rematar una buena faena.

No tenía fuerzas ni para sosternerme en pie y me tumbé en el suelo con la cara vuelta hacia la ventana.

La sangre, como testamento de Pavlov y Ego, había dejado impresos mapas imposibles en mi piel; anegó la brújula que guiaba los puntos cardinales de mi cuerpo, la latitud y la longitud no tenían sentido en este extraño mundo rojo. El murciélago de mi pecho derecho se comía al pajarito de mi lado izquierdo; como colgado del árbol del mal, un manantial de sangre estancada, sin ojos, devoraba el cuerpecito débil que aleteaba en una ladera poco pronunciada. De su pico goteaba un hilo suave que recogía el hueco que se formaba entre mis costillas y mi ombligo; el líquido de la vida recién cortada de dos perros, intacto y quieto, rebosaba y luego se derramaba dócilmente en dos ríos opuestos y gemelos, que entraban ocultamente en la cintura ciñéndola con un cíngulo escarlata y de cuyos cauces goteaban hilillos que seguían con la perfección de un compás la curva pronunciadísima de mis caderas.


De un planeta siniestro, donde reina el instinto de un poderoso animal sin inteligencia, poblado de efervescentes espigas en duras colinas y dóciles algas de un mar que no conoce el sol; con patas de ave zancuda para caminar en el lodo, con más pies que un ciempiés para trepar desde el ombligo a la garganta, con pico de colibrí para libar la curiosidad, con las raras alas de un grifo para envolver incautos, con labios de sirena para encantar, con garras de tigre para rajar espaldas de arriba a abajo, con dientecillos de roedor para mordisquear poco a poco la razón; borbolloneaba un manatial oscuro, todavía tibio, que se abría camino entre mis piernas, aliviando mi calor de matadora reciente.

El río más caudaloso discurría remansándose plácidamente en las dársenas de las rodillas, al llegar a mis tobillos se multiplicaba en inmunerables agujillas blandas por los caminos que le abrían mis venas dilatadas. Los afluentes que encontraban un camino sin obstáculos en la piel desembocaban enre mis dedos y después fluían libres por las rendijas del entarimado. La vida de Pavlov y Ego corría por mi cuerpo, exhalando su perfume de maldad, había libertado la valiosa esencia del mal de dos cuerpos asquerosos, pegados a la tierra, libre al fin de dos almas insignificantes, más feliz de lo que nunca había sido, estoy segura.

Pero yo, como ofrenda de sacrificio al cuchillo, en un acto de inmolación extremo, había roto el espejo. A partir de ahora voy a echar de menos desesperadamente anegarme en sus aguas.

Había concluido otro de mis actos criminales, ni mejor ni peor que otros, ya estaba acostumbrada. Los vagos recuerdos del pasado mitigaban la sensación de novedad, pero lo importante era que una vez más me sentía satisfecha y podría conciliar el sueño que hacía mucho tiempo que me había abandonado. Mientras el sueño llegaba no podía apartar la vista de la luna. Inconscientemente hundí el índice en el trigal y espanté a todos los animales. El dedo, de la tierra al agua. Un siseo de arriete certero anegado en el fango rojo, burbujeando entre las espigas, me llegó débilmente hasta el oído. Al runrún de las algas jugosas que rodean las orillas, sorteo los arrecifes de coral menos profundos, toco la dura curva de la madreperla, rozo el vientre hinchado de un caballito de mar, me mezo adormeciéndome plácidamente, alzándome en un vuelo hacia la luna sobre brillantes cúpulas medio ensangrentadas. El iris de la luna se relame en mi piel, en mis dos iris lunares de pétalo rosado, se refleja su única pupila neblinosa y en los trozos de espejo roto, cristales de vello oblícuo. Entonces abrí l

viernes, 8 de junio de 2007

Tenía bien aprendida la ceremonia de la apariencia, la ceremonia de la complacencia, tenía público y decorado, ninguno de los dos estaba a mi altura, pero estaba vestida como el día que conocía a Howard, de violeta de mar y cielo de una tarde de verano en la playa, una tarde de finales de los cuarenta purificada del humo de los bombardeos, pero todavía asfixiante para dos enamorados, cuando tumbados en la arena miran como la línea del horizonte se funde, se encoge sobre sí misma, se sepulta entre jirones color pastel matizados de rojo anaranjado para por fin no distinguirse. Era suficiente. Si cierro los ojos puedo ver el mismo sol purificado de hace tantas décadas. Me imaginé que actuaba sólo para él, para mi único amor no criminal. Si, reconozco que fui débil, la catatonía me había restado más fuerzas de lo que yo había creído y tuve que ensoñarme con un hombre, empapado de violeta de agua de sal y aire rojizo que tenía en su mirada todo el calor de la canícula, para no cometer una barbaridad a la vista de todo el mundo. Me contuve por segunda vez batiéndome cuerpo a cuerpo con mis recuerdos sujetando al feroz deseo entre los dientes y probé a arrebatarle a la memoria fotogramas de alguna buena película que me guiara hacia un porvenir que me hacía feliz.



Tuve otra de mis inquietantes visiones. Fue también muy rápida, pero mucho más nítida y supe con certeza que más que una ensoñación, era un fiel fragmento de mi vida que se había desprendido del devenir del tiempo.



Me vi en un futuro no muy lejano, blanca y desnuda, resplandeciendo contra la oscuridad de la noche, satisfecha y feliz, admirando mi piel brillante y húmeda por el alcohol. Le decía a la luna:¿ves?, mi luz puede ser tan fuerte como la tuya si me lo propongo"; y le sonreía haciéndola cómplice de la brutalidad que acababa de cometer porque me había dejado sola, ni un rayo de luz me había prestado. ¡bien poco te pedía y tú me lo negaste!, ¿ya te olvidaste de aquella noche de mayo de cuarenta y tres cuando, cristalina y pura, tan ebria de gozo como yo, te mirabas en todos los espejos?

martes, 5 de junio de 2007

..cadas; la saliva, excitada por la rabia del momento, afluía a mi boca en espumarajos dulces como la miel y me impedía hablar con normalidad, y la piel de seda de mis manos, antes blanca como la nieve y ahora cubierta de la finísima telilla gris azulada consecuencia de un estado catatónico prolongado, se encalleció de repente debido al contacto con Ego.

Después de ser profanadas todas las fibras de mis cinco sentidos, mi cuerpo perdió peso, masa y consistencia tal vez, no sabría precisarlo, pero más que eso se volvió volátil, dejé de tener conciencia de que tenía brazos y piernas, de que me podía valer de ellos y salir caminando cuando quisiera. Mientras tanto mi cabeza, ajena a todo lo que pasaba por debajo del cuello, permanecía dentro de una campana de porcelana y fuera un demonio burlón, rojo y enano, encaramado a su jiba, la golpeaba a cada rato con sus puñitos sañudos.

No podía concetrarme dentro de aquel mar de vibraciones que socavaban mi sensibilidad, ni dejar de mirar mis manos manchadas de la peste de Ego. Sigilosamente, un segundo buitre del deseo hibernante salió de su escondrijo más feroz que el primero, voló unos minutos interminables sobre mi cabeza y desplegó unas alas enormes sobre mí. Como un ángel luciferino me cobijó bajo ellas a salvo del vapor decadente que emanaba Nínive y su sombra me impidió ver los reflejos espectrales que buscaba huecos entre la piedras del granito para sacar sus manos fantasmales y agarrarme por los tobillos. El buitre del deseo me protegió como lo hubiera hecho una madre, la presión en los tobillos que me arrastraba hacia abajo cedió y me dormí de pie bajo al arrullo de sus alas. ¡Qué placer inmenso poder clavarles mi tacón de aguja, traspasándoles el velo del paladar, y por una vez no ver sangre que abrase mi gula y me desconcentre del sueño¡, ¡qué placer sentir todo mi peso reposar sobre sus corazones de piedra como sobre una alfombra de lana cuando lo que me rodea me acecha!, ¡qué placer poder soñar y estar despierta a la vez!

martes, 8 de mayo de 2007

Tenía el vientre pegajoso y viscoso de una serpiente y al tocarlo el escalofrío de las enfermedades mortales me recorrió desde la cabeza a los pies. Me sentí como el paciente al que acaban de anunciar que el fin se acerca y que recibe la noticia entre horrorizado e incrédulo; aguanta con dignidad el primer embite de la frase fatal en sus cerebro mientras piensa que no habiendo remedio ya no puede hacer nada para salvar su vida y se resigna . Miraba mis manos manchadas de aquella excrecencia pestilente y sin poder evitarlo me quedé paralizada como un paciente más. La naturaleza tan artera como siempre había enmascarado bajo rizos de pelo negro un vientre vil destinado a reptar. Era lampiño y lubricado como el cuerpo de un insecto asqueroso brillando bajo el fuerte sol del mediodía. A partir de entonces evité cualquier contacto, aún así no pude evitar contraer mis hermosos ojos en una mueca bravía que me impedía mirarlo con cordura. Tensé las mandíbulas y horadé un nuevo músculo en mi cuerpo, desde las raíces de las muelas del juicio hasta el estómago, que se volvió de piedra y como consecuencia estuve una semana entera sin probar bocado
El aire estaba empezando a empaparse del mismo cándor estático que yo. Estaba sucio de polvo primaveral y era a veces un poco lévitico cuando lo atravesaban las sombras de seres provincianos transparentes; adquiría el carácter de una aparición en algunos puntos estratégicos, donde el hollín urbano titilaba unos segundos formando siluetas caprichosas antes de caer al suelo, y casi podía verse la imagen intangible de un santo en la reberveración de las ventanales del oeste profanada de suciedad y polución. En ese mismo aire viciado por mis pensamientos flotó el brillo del acero que bañó el pálido sol de Nínive que se filtraba a través de los cristales de un lujurioso brillo azul. No había nada que no cortara a mi alrededor; las conversaciones que se desleían como grasa líquida y caliente entre los corrillos de gente, fueron insidiosas en mis oídos; los colores, que este año se llevaban muy vivos rivalizaban bajo el sol en herirme la vista; el olor nauseabundo del sudor fermentando en los vejestorios que me rodeaban y cuyo reflejo espectral sobre el suelo de granito era más real que su propio cuerpo apagaba mi Givenchy y me provocaba arc