Y me limpiaba la sangre del cuchillo en los muslos. Era tan densa y negra que se quedó pegada a la piel como brea. Los goterones parecían sanguijuelas muertas en salud con el estómago lleno, sin embargo mi calor las había secado y estaban a punto de desprenderse del fino vello rubio. Sin duda acababa de rematar una buena faena.
No tenía fuerzas ni para sosternerme en pie y me tumbé en el suelo con la cara vuelta hacia la ventana.
La sangre, como testamento de Pavlov y Ego, había dejado impresos mapas imposibles en mi piel; anegó la brújula que guiaba los puntos cardinales de mi cuerpo, la latitud y la longitud no tenían sentido en este extraño mundo rojo. El murciélago de mi pecho derecho se comía al pajarito de mi lado izquierdo; como colgado del árbol del mal, un manantial de sangre estancada, sin ojos, devoraba el cuerpecito débil que aleteaba en una ladera poco pronunciada. De su pico goteaba un hilo suave que recogía el hueco que se formaba entre mis costillas y mi ombligo; el líquido de la vida recién cortada de dos perros, intacto y quieto, rebosaba y luego se derramaba dócilmente en dos ríos opuestos y gemelos, que entraban ocultamente en la cintura ciñéndola con un cíngulo escarlata y de cuyos cauces goteaban hilillos que seguían con la perfección de un compás la curva pronunciadísima de mis caderas.
De un planeta siniestro, donde reina el instinto de un poderoso animal sin inteligencia, poblado de efervescentes espigas en duras colinas y dóciles algas de un mar que no conoce el sol; con patas de ave zancuda para caminar en el lodo, con más pies que un ciempiés para trepar desde el ombligo a la garganta, con pico de colibrí para libar la curiosidad, con las raras alas de un grifo para envolver incautos, con labios de sirena para encantar, con garras de tigre para rajar espaldas de arriba a abajo, con dientecillos de roedor para mordisquear poco a poco la razón; borbolloneaba un manatial oscuro, todavía tibio, que se abría camino entre mis piernas, aliviando mi calor de matadora reciente.
El río más caudaloso discurría remansándose plácidamente en las dársenas de las rodillas, al llegar a mis tobillos se multiplicaba en inmunerables agujillas blandas por los caminos que le abrían mis venas dilatadas. Los afluentes que encontraban un camino sin obstáculos en la piel desembocaban enre mis dedos y después fluían libres por las rendijas del entarimado. La vida de Pavlov y Ego corría por mi cuerpo, exhalando su perfume de maldad, había libertado la valiosa esencia del mal de dos cuerpos asquerosos, pegados a la tierra, libre al fin de dos almas insignificantes, más feliz de lo que nunca había sido, estoy segura.
Pero yo, como ofrenda de sacrificio al cuchillo, en un acto de inmolación extremo, había roto el espejo. A partir de ahora voy a echar de menos desesperadamente anegarme en sus aguas.
Había concluido otro de mis actos criminales, ni mejor ni peor que otros, ya estaba acostumbrada. Los vagos recuerdos del pasado mitigaban la sensación de novedad, pero lo importante era que una vez más me sentía satisfecha y podría conciliar el sueño que hacía mucho tiempo que me había abandonado. Mientras el sueño llegaba no podía apartar la vista de la luna. Inconscientemente hundí el índice en el trigal y espanté a todos los animales. El dedo, de la tierra al agua. Un siseo de arriete certero anegado en el fango rojo, burbujeando entre las espigas, me llegó débilmente hasta el oído. Al runrún de las algas jugosas que rodean las orillas, sorteo los arrecifes de coral menos profundos, toco la dura curva de la madreperla, rozo el vientre hinchado de un caballito de mar, me mezo adormeciéndome plácidamente, alzándome en un vuelo hacia la luna sobre brillantes cúpulas medio ensangrentadas. El iris de la luna se relame en mi piel, en mis dos iris lunares de pétalo rosado, se refleja su única pupila neblinosa y en los trozos de espejo roto, cristales de vello oblícuo. Entonces abrí l
DEA VULNERATA UT SANGUINIS PAPISA HOMINIS
MENTE REGNABIT
(S. MALAQUÍAS)
jueves, 21 de junio de 2007
viernes, 8 de junio de 2007
Tenía bien aprendida la ceremonia de la apariencia, la ceremonia de la complacencia, tenía público y decorado, ninguno de los dos estaba a mi altura, pero estaba vestida como el día que conocía a Howard, de violeta de mar y cielo de una tarde de verano en la playa, una tarde de finales de los cuarenta purificada del humo de los bombardeos, pero todavía asfixiante para dos enamorados, cuando tumbados en la arena miran como la línea del horizonte se funde, se encoge sobre sí misma, se sepulta entre jirones color pastel matizados de rojo anaranjado para por fin no distinguirse. Era suficiente. Si cierro los ojos puedo ver el mismo sol purificado de hace tantas décadas. Me imaginé que actuaba sólo para él, para mi único amor no criminal. Si, reconozco que fui débil, la catatonía me había restado más fuerzas de lo que yo había creído y tuve que ensoñarme con un hombre, empapado de violeta de agua de sal y aire rojizo que tenía en su mirada todo el calor de la canícula, para no cometer una barbaridad a la vista de todo el mundo. Me contuve por segunda vez batiéndome cuerpo a cuerpo con mis recuerdos sujetando al feroz deseo entre los dientes y probé a arrebatarle a la memoria fotogramas de alguna buena película que me guiara hacia un porvenir que me hacía feliz.
Tuve otra de mis inquietantes visiones. Fue también muy rápida, pero mucho más nítida y supe con certeza que más que una ensoñación, era un fiel fragmento de mi vida que se había desprendido del devenir del tiempo.
Me vi en un futuro no muy lejano, blanca y desnuda, resplandeciendo contra la oscuridad de la noche, satisfecha y feliz, admirando mi piel brillante y húmeda por el alcohol. Le decía a la luna:¿ves?, mi luz puede ser tan fuerte como la tuya si me lo propongo"; y le sonreía haciéndola cómplice de la brutalidad que acababa de cometer porque me había dejado sola, ni un rayo de luz me había prestado. ¡bien poco te pedía y tú me lo negaste!, ¿ya te olvidaste de aquella noche de mayo de cuarenta y tres cuando, cristalina y pura, tan ebria de gozo como yo, te mirabas en todos los espejos?
Tuve otra de mis inquietantes visiones. Fue también muy rápida, pero mucho más nítida y supe con certeza que más que una ensoñación, era un fiel fragmento de mi vida que se había desprendido del devenir del tiempo.
Me vi en un futuro no muy lejano, blanca y desnuda, resplandeciendo contra la oscuridad de la noche, satisfecha y feliz, admirando mi piel brillante y húmeda por el alcohol. Le decía a la luna:¿ves?, mi luz puede ser tan fuerte como la tuya si me lo propongo"; y le sonreía haciéndola cómplice de la brutalidad que acababa de cometer porque me había dejado sola, ni un rayo de luz me había prestado. ¡bien poco te pedía y tú me lo negaste!, ¿ya te olvidaste de aquella noche de mayo de cuarenta y tres cuando, cristalina y pura, tan ebria de gozo como yo, te mirabas en todos los espejos?
martes, 5 de junio de 2007
..cadas; la saliva, excitada por la rabia del momento, afluía a mi boca en espumarajos dulces como la miel y me impedía hablar con normalidad, y la piel de seda de mis manos, antes blanca como la nieve y ahora cubierta de la finísima telilla gris azulada consecuencia de un estado catatónico prolongado, se encalleció de repente debido al contacto con Ego.
Después de ser profanadas todas las fibras de mis cinco sentidos, mi cuerpo perdió peso, masa y consistencia tal vez, no sabría precisarlo, pero más que eso se volvió volátil, dejé de tener conciencia de que tenía brazos y piernas, de que me podía valer de ellos y salir caminando cuando quisiera. Mientras tanto mi cabeza, ajena a todo lo que pasaba por debajo del cuello, permanecía dentro de una campana de porcelana y fuera un demonio burlón, rojo y enano, encaramado a su jiba, la golpeaba a cada rato con sus puñitos sañudos.
No podía concetrarme dentro de aquel mar de vibraciones que socavaban mi sensibilidad, ni dejar de mirar mis manos manchadas de la peste de Ego. Sigilosamente, un segundo buitre del deseo hibernante salió de su escondrijo más feroz que el primero, voló unos minutos interminables sobre mi cabeza y desplegó unas alas enormes sobre mí. Como un ángel luciferino me cobijó bajo ellas a salvo del vapor decadente que emanaba Nínive y su sombra me impidió ver los reflejos espectrales que buscaba huecos entre la piedras del granito para sacar sus manos fantasmales y agarrarme por los tobillos. El buitre del deseo me protegió como lo hubiera hecho una madre, la presión en los tobillos que me arrastraba hacia abajo cedió y me dormí de pie bajo al arrullo de sus alas. ¡Qué placer inmenso poder clavarles mi tacón de aguja, traspasándoles el velo del paladar, y por una vez no ver sangre que abrase mi gula y me desconcentre del sueño¡, ¡qué placer sentir todo mi peso reposar sobre sus corazones de piedra como sobre una alfombra de lana cuando lo que me rodea me acecha!, ¡qué placer poder soñar y estar despierta a la vez!
Después de ser profanadas todas las fibras de mis cinco sentidos, mi cuerpo perdió peso, masa y consistencia tal vez, no sabría precisarlo, pero más que eso se volvió volátil, dejé de tener conciencia de que tenía brazos y piernas, de que me podía valer de ellos y salir caminando cuando quisiera. Mientras tanto mi cabeza, ajena a todo lo que pasaba por debajo del cuello, permanecía dentro de una campana de porcelana y fuera un demonio burlón, rojo y enano, encaramado a su jiba, la golpeaba a cada rato con sus puñitos sañudos.
No podía concetrarme dentro de aquel mar de vibraciones que socavaban mi sensibilidad, ni dejar de mirar mis manos manchadas de la peste de Ego. Sigilosamente, un segundo buitre del deseo hibernante salió de su escondrijo más feroz que el primero, voló unos minutos interminables sobre mi cabeza y desplegó unas alas enormes sobre mí. Como un ángel luciferino me cobijó bajo ellas a salvo del vapor decadente que emanaba Nínive y su sombra me impidió ver los reflejos espectrales que buscaba huecos entre la piedras del granito para sacar sus manos fantasmales y agarrarme por los tobillos. El buitre del deseo me protegió como lo hubiera hecho una madre, la presión en los tobillos que me arrastraba hacia abajo cedió y me dormí de pie bajo al arrullo de sus alas. ¡Qué placer inmenso poder clavarles mi tacón de aguja, traspasándoles el velo del paladar, y por una vez no ver sangre que abrase mi gula y me desconcentre del sueño¡, ¡qué placer sentir todo mi peso reposar sobre sus corazones de piedra como sobre una alfombra de lana cuando lo que me rodea me acecha!, ¡qué placer poder soñar y estar despierta a la vez!
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