Tenía el vientre pegajoso y viscoso de una serpiente y al tocarlo el escalofrío de las enfermedades mortales me recorrió desde la cabeza a los pies. Me sentí como el paciente al que acaban de anunciar que el fin se acerca y que recibe la noticia entre horrorizado e incrédulo; aguanta con dignidad el primer embite de la frase fatal en sus cerebro mientras piensa que no habiendo remedio ya no puede hacer nada para salvar su vida y se resigna . Miraba mis manos manchadas de aquella excrecencia pestilente y sin poder evitarlo me quedé paralizada como un paciente más. La naturaleza tan artera como siempre había enmascarado bajo rizos de pelo negro un vientre vil destinado a reptar. Era lampiño y lubricado como el cuerpo de un insecto asqueroso brillando bajo el fuerte sol del mediodía. A partir de entonces evité cualquier contacto, aún así no pude evitar contraer mis hermosos ojos en una mueca bravía que me impedía mirarlo con cordura. Tensé las mandíbulas y horadé un nuevo músculo en mi cuerpo, desde las raíces de las muelas del juicio hasta el estómago, que se volvió de piedra y como consecuencia estuve una semana entera sin probar bocado
El aire estaba empezando a empaparse del mismo cándor estático que yo. Estaba sucio de polvo primaveral y era a veces un poco lévitico cuando lo atravesaban las sombras de seres provincianos transparentes; adquiría el carácter de una aparición en algunos puntos estratégicos, donde el hollín urbano titilaba unos segundos formando siluetas caprichosas antes de caer al suelo, y casi podía verse la imagen intangible de un santo en la reberveración de las ventanales del oeste profanada de suciedad y polución. En ese mismo aire viciado por mis pensamientos flotó el brillo del acero que bañó el pálido sol de Nínive que se filtraba a través de los cristales de un lujurioso brillo azul. No había nada que no cortara a mi alrededor; las conversaciones que se desleían como grasa líquida y caliente entre los corrillos de gente, fueron insidiosas en mis oídos; los colores, que este año se llevaban muy vivos rivalizaban bajo el sol en herirme la vista; el olor nauseabundo del sudor fermentando en los vejestorios que me rodeaban y cuyo reflejo espectral sobre el suelo de granito era más real que su propio cuerpo apagaba mi Givenchy y me provocaba arc
