...se atreven a asomar su nariz y me escrutan, que centellean un segundo en esta realidad y luego explotan como bombas de fuego en universos que no existen, de rasguñadoras uñas de luna , de muslos estranguladores de débiles cuellos de hombres que mueren ¡imbéciles! con una sonrisa en la boca. Un suceso incréble, digno de contar, como pocos he tenido a lo largo de mis dos vidas. Un perro al que una noche sin luna maté en un espectáculo de purificación suprema, al que le quité un ojo, tal vez los dos, no lo recuerdo bien, luego rebañé la cuenca y me limpié el cuchillo, mi amante siempre fiel, por todo mi cuerpo y sin cortarme un ápice, y sobre todo un perro al fin me proporcionó una pequeña satisfacción, porque iluminó mejor mi espejo para maquillarme bien, ¿cómo si no iba a hacerme bien el eyeliner?.
El amanecer se acercaba y la luna, salpicada de las últimas sombras turbias que había abandonado la tormenta a su suerte, me hizo un guiño mostrenco; el brillo de mi satisfacción la rindió y fue un poco menos lívida en el cielo; ¿y vienes ahora lúbrica y pura a lamerme las heridas, a restañar la sangre de mis animales, como si yo no supiera que siempre has estado ahí, escondida, observando mi carnaval sangriento?. Cuando ya estoy saciada del dolor ajeno, el trabajo concluido, durmiéndome de placer, te filtras como un lienzo pálido por mi piel, buscando un poco de sangre fresca, rastreando la rabía que hace tiempo que desapareció; cuando estoy aburrida de pelear y de matar y el dolor se ha ido y el placer también, y sólo me queda una turbia paz abúlica que no es paz, ni es nada, que sólo me arrastra a dormir y dormir hasta que me levanto lo suficientemente despejada para planear otra diversión macabra, nada que vampirice tu luz blanca, que te encandile tanto como para mirar y mirar sin tregua como es tu costumbre de cómplice, que se introduzca en tus cráteres fantasmales y arranque de lo más profundo sombras simiescas que sigan el baile de mis puñaladas, te plantas en mi ventana redonda, perfecta, espantada, con los ojos y la boca abiertos. Me vendiste por muy poco y ahora aprovechas los despojos y te alimentas tú de mí. ¿Sí?, ¿vienes ahora...?, ¡ húmeda de lluvia, baña mi cuerpo todavía dueño del calor ajeno con tu blanca luz fría.
