A través de sus pupilas este animal en apariencia inofensivo me invitaba al horror. El añorado caballo de la furia volvía a cabalgar de nuevo por mis venas, golpeándome con fuerza las sienes y la dulce visión de futuras imágenes violentas me dejaba casi sin sentido . El burbujeo de la vida de mi sangre nueva a borbotones desbocados por mi cuerpo me abocaba de manera indomable a la muerte. Y no hay mano más suave y firme a la vez que me pueda domar que el deseo. Sin pensármelo, salté por encima del lomo de la gran superchería que sería la imaginación si yo fuera un espíritu débil. En estos casos, ésta somete la vida a su dominio engendrando sueños insufribles, la mayoría de las veces pesadillas, los débiles son humillados de tal modo que ignoran que la imaginación es la antesala de lo prohibido y no se atreven a rasgar el velo que separa sueño y realidad. Pero yo no soy cobarde, utilizo la imaginación a mi capricho y quiero saltar al otro lado.
Y lo vi muerto en un espasmo que voló rapidísimo en el sofocante calor de la tarde de abril; con el cuchillo clavado el vientre, la garganta abierta con precisión, o lo que me excito más, la dentera que produce el sonido el metal contra el hueso: el filo del cuchillo rebañando la cuenca del ojo. Y quise matarlo inmediatamente y después regresar pronto a mi apartamento y estrangular al otro con mis blancas manos de diosa.
Pero la pluma silente del sopor provinciano que engendra Ninive desde el centro de sus viejas piedras evito mi fuga hacia el deseo que me desbordaba. Fingí alertagamiento como todos los que me rodeaban y lo hice tan bien que nadie diría que bajo mi piel latía una matadora consumada
Me limité a acercar mi mano a su cara y percibir su aliento. Apenas si se inmutó; había abandonado la postura hipnótica con la que me recibió y cuando me acerqué a él para ponerle la correa y llevármelo, cambió su pose por otra muy sorprendente. Las patas anteriores eran robustas y se sostenía sobre ellas con dignidad canina, dispuesto a obedecerme, sin embargo a partir de la cadera el cuerpo se desmadejaba y caía derrengado sobre el suelo con las patas como de polichinela, como si no fueran suyas y acabaran de caerle del cielo por ensalmo.
Me acordé del detalle de la etiqueta, pero a cada rato las alucinaciones violentas me asaltaban, impidiéndome hasta el gesto más sencillo; torpemente me sobreponía y luchaba contra la visión de un perro que me atomentaba.
Comprobé con las manos temblorosas si también tenía etiqueta, efectivamente, así era: Ego sum lux mundi, rezaba. Éste sí que era un nombre extraño para un perro, se me ocurrió que más que un nombre podía ser una advertencia en clave; en todo caso no tenía sentido para mí y decidí llamarlo Ego para abreviar.
Me resultó imposible hacerle abandonar este comportamiento, mitad terco, mitad obsceno, aunque empeñé en ello todas mis fuerzas. Me rebajé hasta la estupidez cuando no me quedó más remedio que emplear trucos mimosos de viudas de parque disecadas en vida ¡ No hubiese querido tocarlo por nada del mundo y desde entonces me maldigo por mi torpeza¡.
Comprobé con las manos temblorosas si también tenía etiqueta, efectivamente, así era: Ego sum lux mundi, rezaba. Éste sí que era un nombre extraño para un perro, se me ocurrió que más que un nombre podía ser una advertencia en clave; en todo caso no tenía sentido para mí y decidí llamarlo Ego para abreviar.
Me resultó imposible hacerle abandonar este comportamiento, mitad terco, mitad obsceno, aunque empeñé en ello todas mis fuerzas. Me rebajé hasta la estupidez cuando no me quedó más remedio que emplear trucos mimosos de viudas de parque disecadas en vida ¡ No hubiese querido tocarlo por nada del mundo y desde entonces me maldigo por mi torpeza¡.
