DEA VULNERATA UT SANGUINIS PAPISA HOMINIS MENTE REGNABIT (S. MALAQUÍAS)

viernes, 27 de abril de 2007

A través de sus pupilas este animal en apariencia inofensivo me invitaba al horror. El añorado caballo de la furia volvía a cabalgar de nuevo por mis venas, golpeándome con fuerza las sienes y la dulce visión de futuras imágenes violentas me dejaba casi sin sentido . El burbujeo de la vida de mi sangre nueva a borbotones desbocados por mi cuerpo me abocaba de manera indomable a la muerte. Y no hay mano más suave y firme a la vez que me pueda domar que el deseo. Sin pensármelo, salté por encima del lomo de la gran superchería que sería la imaginación si yo fuera un espíritu débil. En estos casos, ésta somete la vida a su dominio engendrando sueños insufribles, la mayoría de las veces pesadillas, los débiles son humillados de tal modo que ignoran que la imaginación es la antesala de lo prohibido y no se atreven a rasgar el velo que separa sueño y realidad. Pero yo no soy cobarde, utilizo la imaginación a mi capricho y quiero saltar al otro lado.
Y lo vi muerto en un espasmo que voló rapidísimo en el sofocante calor de la tarde de abril; con el cuchillo clavado el vientre, la garganta abierta con precisión, o lo que me excito más, la dentera que produce el sonido el metal contra el hueso: el filo del cuchillo rebañando la cuenca del ojo. Y quise matarlo inmediatamente y después regresar pronto a mi apartamento y estrangular al otro con mis blancas manos de diosa.
Pero la pluma silente del sopor provinciano que engendra Ninive desde el centro de sus viejas piedras evito mi fuga hacia el deseo que me desbordaba. Fingí alertagamiento como todos los que me rodeaban y lo hice tan bien que nadie diría que bajo mi piel latía una matadora consumada
Me limité a acercar mi mano a su cara y percibir su aliento. Apenas si se inmutó; había abandonado la postura hipnótica con la que me recibió y cuando me acerqué a él para ponerle la correa y llevármelo, cambió su pose por otra muy sorprendente. Las patas anteriores eran robustas y se sostenía sobre ellas con dignidad canina, dispuesto a obedecerme, sin embargo a partir de la cadera el cuerpo se desmadejaba y caía derrengado sobre el suelo con las patas como de polichinela, como si no fueran suyas y acabaran de caerle del cielo por ensalmo.
Me acordé del detalle de la etiqueta, pero a cada rato las alucinaciones violentas me asaltaban, impidiéndome hasta el gesto más sencillo; torpemente me sobreponía y luchaba contra la visión de un perro que me atomentaba.
Comprobé con las manos temblorosas si también tenía etiqueta, efectivamente, así era: Ego sum lux mundi, rezaba. Éste sí que era un nombre extraño para un perro, se me ocurrió que más que un nombre podía ser una advertencia en clave; en todo caso no tenía sentido para mí y decidí llamarlo Ego para abreviar.
Me resultó imposible hacerle abandonar este comportamiento, mitad terco, mitad obsceno, aunque empeñé en ello todas mis fuerzas. Me rebajé hasta la estupidez cuando no me quedó más remedio que emplear trucos mimosos de viudas de parque disecadas en vida ¡ No hubiese querido tocarlo por nada del mundo y desde entonces me maldigo por mi torpeza¡.
tacones.
Esperé a llegar a mi apartamento para analizarlo detenidamente. Observé su mirada perpétuamente perpleja bajo el flequillo que le ocultaba los ojos como un mal augurio, y al acariciar tontamente aquella pelambrera extrañamente blanca en aquella raza, me di cuenta de que tenía una pequeña etiqueta escondida entre el pelo que decía así: Pavlov. Pavlov, dije en alto, ¡curioso nombre para un perro!.
No le di importancia y a los pocos días recibí una carta por correo certificado donde se me comunicaba que tenía que ir a recoger otro envío. Me pedían formalmente disculpas por las molestias, aclarándome que formaba parte del primero y que por motivos burócráticos no me los habían enviado juntos.
Cuando llegué a la oficina postal me encontré con un perro muy diferente del anterior. Era un perro de aguas de tamaño mediano. Me esperaba sentado como si presintiese mi llegada, tranquilamente reposaba su cabeza meditabunda sobre sus patas delanteras y leí en sus ojos que pensaba: ¡ah, ya estás aquí maldita!

viernes, 13 de abril de 2007

Porque es mi naturaleza me voy a meter otra vez en la bañera angosta de la muerte, y sé que una vez allí, pelearé sin cuartel, como siempre lo hice, y aunque esta actitud parezca macabra a un ser cotidiano que mama desde su nacimiento el siglo XXI, flotar en la enajenación y sentir mi alma de fría sepultura respirar y latir como cualquier mortal, es mejor que el futuro que esta vida me ofrece; entonces, ¿a qué espero para abrir una herida en la carne del nuevo mundo y beber de ella?


Salí corriendo hacia la oficina postal; allí me encontré con un yorside más pequeño de lo normal.
Los perros tan afeminados nunca han sido mis favoritos, son del estilo de una West o una Dietrich que los necesitan para potenciar su halo de divas; yo adoro los perros imponentes y a la vez obedientes que levantan la cabeza al oír un chasquido de mis
a que llegó a mi correo me comunicaban que me había tocado un perro en el sorteo de unos productos cosméticos, no especificaban nada más. Al instante recordé, los perros.., los cuchillos..., la sangre. Un juego que me brindaba la vida envuelto en futilidad casual y que yo conocía de antemano.
Mi venganza y como consecuencia mi victoria, que irremediablemente es el único fin posible de cualquiera de mis juegos, hace tiempo que dejaron de alentarme a la hora de perpetrar un nuevo episodio criminal; en honor a la verdad lo único que me atrae es el proceso de matar. Es un proceso especial que germina en pocas mentes; la mía es una de ellas, y sólo los privilegiados que no temen la locura y se regocijan en la aniquilación consiguen experimentar un placer parecido.
Si se tiene la suerte de dar con la víctima adecuada, el acto de matar pasa de ser un simple incidente, anecdótico a fin de cuentas, a convertirse en un recreo lujurioso pleno de cadencia como una melodía. Diría más, si aspiráis a ser artistas de la sangre como yo, la aberración puede llegar a evolucionar hasta la inmolación del artesano. Siguiendo esta pauta la criminalidad se transforma en un encaje siniestro y precioso que viste mi vida de la misma forma que un Chanel o un Paco Rabanne. Hacen más bella mi vida al igual que los modelos de un prodigioso modisto cada vez que me los pongo.

jueves, 12 de abril de 2007

EL QUINTO MANDAMIENTO O LA FÁBULA NEGRA DE PAVLOV Y EGO

Sé que cada minuto que pasa me acerca irremisiblemente al deleite indescriptible de matar.
Apuro el tiempo. Estoy con la mano preparada, los músculos ligeramente contraídos, temblando dominada por el vicio, espiando al cuchillo, como el águila espía desde el cielo al venado; con la boca deformada por el ansia en una mueca horrenda.
¿Qué le voy a hacer si mi alma está animada por la gula loca del crimen?... si es que acaso tengo alma...
El futuro es mío y ya está aquí
I
Perros de paja
Tres meses y medio después de la resurección
Desde que nací a mi segunda vida voy de asombro en asombro. A pesar de que en esta ocasión vi la luz en la pequeña ciudad de Nínive, me llegan los ecos de este nuevo mundo que desde que morí crece a velocidad de vértigo.
Pertenezco a un universo caído que no tiene nada que ver con la realidad actual. La televisión, principal instrumento de este gran cambio ha pasado de ser una amiga banal a convertirse en imprescindible. Tengo tan sólo unos meses de vida, y ya no me puedo sustraer del influjo de sus ondas. Dormito apenas unas horas antes del amanecer victimizada por el neón fluorescente al que ya me he acostumbrado, incluso hasta el punto de echar de menos su deslumbramiento, insufrible para mis ojos, cuando la oscuridad es total. El ensimismamiento que me clava al sofá sustituyó al sueño hace varios semanas y me siento como un brillante insecto bañado por su luz cuando me dan las tres de la madrugada mirando embobada la pantalla.
Busqué en esta pequeña ciudad de provincias el lujo y los oropeles que dejé abandonados en mi antigua vida, pero sin éxito; desesperada por salir del cascarón en el que vivía hice la gracia de empantanarme en el prodigio de la publicidad televisiva, y digo gracia porque cualquier necio le hubiera dado un puntapié a las triquiñuelas del destino, pero yo me dejé caer en él.
Cuando me hundí en el vicio compulsivo de comprar, no sabía lo que hacía ni los peligros que entrañaba. La fatalidad me abría los brazos de par en par y me decía con cantos de sirena: ¡ ven, tienes que calvarle los dientes a este nuevo siglo¡.
Mi error más grave fue aceptar regalos. En la cart