DEA VULNERATA UT SANGUINIS PAPISA HOMINIS MENTE REGNABIT (S. MALAQUÍAS)

jueves, 12 de abril de 2007

EL QUINTO MANDAMIENTO O LA FÁBULA NEGRA DE PAVLOV Y EGO

Sé que cada minuto que pasa me acerca irremisiblemente al deleite indescriptible de matar.
Apuro el tiempo. Estoy con la mano preparada, los músculos ligeramente contraídos, temblando dominada por el vicio, espiando al cuchillo, como el águila espía desde el cielo al venado; con la boca deformada por el ansia en una mueca horrenda.
¿Qué le voy a hacer si mi alma está animada por la gula loca del crimen?... si es que acaso tengo alma...
El futuro es mío y ya está aquí
I
Perros de paja
Tres meses y medio después de la resurección
Desde que nací a mi segunda vida voy de asombro en asombro. A pesar de que en esta ocasión vi la luz en la pequeña ciudad de Nínive, me llegan los ecos de este nuevo mundo que desde que morí crece a velocidad de vértigo.
Pertenezco a un universo caído que no tiene nada que ver con la realidad actual. La televisión, principal instrumento de este gran cambio ha pasado de ser una amiga banal a convertirse en imprescindible. Tengo tan sólo unos meses de vida, y ya no me puedo sustraer del influjo de sus ondas. Dormito apenas unas horas antes del amanecer victimizada por el neón fluorescente al que ya me he acostumbrado, incluso hasta el punto de echar de menos su deslumbramiento, insufrible para mis ojos, cuando la oscuridad es total. El ensimismamiento que me clava al sofá sustituyó al sueño hace varios semanas y me siento como un brillante insecto bañado por su luz cuando me dan las tres de la madrugada mirando embobada la pantalla.
Busqué en esta pequeña ciudad de provincias el lujo y los oropeles que dejé abandonados en mi antigua vida, pero sin éxito; desesperada por salir del cascarón en el que vivía hice la gracia de empantanarme en el prodigio de la publicidad televisiva, y digo gracia porque cualquier necio le hubiera dado un puntapié a las triquiñuelas del destino, pero yo me dejé caer en él.
Cuando me hundí en el vicio compulsivo de comprar, no sabía lo que hacía ni los peligros que entrañaba. La fatalidad me abría los brazos de par en par y me decía con cantos de sirena: ¡ ven, tienes que calvarle los dientes a este nuevo siglo¡.
Mi error más grave fue aceptar regalos. En la cart

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