DEA VULNERATA UT SANGUINIS PAPISA HOMINIS MENTE REGNABIT (S. MALAQUÍAS)

viernes, 29 de diciembre de 2006

LA RESURECCIÓN DE VERÓNIKA LAKE

España, en algún lugar de la Galicia interior, veinte minutos antes de la salida del sol


Llevo muerta más de tres décadas y no lo lamento. Decidí mori, me suicidé para ser más exactos, aunque para el mundo he muerto de hepatitis como el más vulgar de los hombres. Aunque no lo creáis los suicidas somos los mejores muertos, no molestamos jamás a los vivos y siempre nos queda el perverso gozo de su remordimiento al recordarnos como perturbados exhalando el último suspiro, llorando y lamentándose porque pensaban que podrían haberlo evitado.
Ahora que he probado el placer de decidir la fecha de mi muerte no me arrepiento, es lo mejor que he hecho. Una de las razones que me impulsaron a disfrazar mi muerte de enfermedad es evitar que destrozaran mi cuerpo con autopsias de carnicero. No quiero ni pensar en mi cráneo rebanado por una sierra, y mi vientre rajado de arriba a abajo; típicas faltas de compasión en los cadáveres. Quise elegir hasta mi maquillaje, me niego a que los lacayos de las funerarias me disfracen con colores pastel. Por eso me preparé para la muerte como para un estreno; cuando vi que la hora se acercaba me puse mi vestido de lamé dorado y me maquillé yo misma, me puse una única joya, mi mayor tesoro, el anillo de diamantes que Howard me regaló. A los embellecedores de cadáveres les dejé todo el trabajo hecho.
Me enterraron intacta en un sepulcro tierra adentro y durante treinta y tres años dormí soñando lo que podría haber sido y no fue. Tal como me había predicho LaVey vuelvo a la vida por aburrimiento. La dejé por el aburrimiento de oír mi nombre enfangarse en los mentideros de Hollywood y ahora vuelvo por el aburrimiento del gusano amarillo que se come mi mejor vestido.
Lo primero que hice al despertar es tocarme la cara, sonreí, si morí ajada regreso todavía joven, lo suficiente para arañar un trozo de vida. Me observé detenidamente, todo en mi era rutilante como mis películas, sólo esmalte de mis uñas "rojo cristal" estaba descascarillado. Comprobé que su dureza diamantina seguía siendo la de siempre, hice palanca con la uña del índice sobre el repugnante gusano que salió despedido contra la peana de la virgen que presidía el altar que estaba frente a mi. Me incorporé en un mar de satén blanco apoyando las manos en los laterales de la caja y enseguida noté el relieve. Me gusta el lujo incluso en la muerte, el barroco con un punto de exceso, que me recuerden por mi bonita mortaja, pero la Última Cena no era lo más apropiado para mi, mi último marido debería de haberlo sabido; el muy hipócrita me evangelizó la muerte por el que dirán.
Morí como camarera y vuelvo dueña de nada para acabar lo que dejé empezado en mi otra vida y si no lo consigo me amortajaré de nuevo.

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